lunes, 27 de octubre de 2008

Autumn leaves


Ademuz (Valencia), noviembre de 2007.


Aquella tarde de principios de otoño, Paula miraba distraídamente por el cristal de la ventanilla del autobús. Aunque sus ojos se dirigían hacia el exterior, se percataba muy poco de lo que ocurría en la calle. Sus pensamientos estaban muy lejos de allí.

Se dirigía en la línea número veintisiete hacia la consulta de su ginecólogo, a sufrir (Paula nunca había llevado bien las visitas a los ginecólogos) la preceptiva revisión periódica. Y a sus cuarenta y siete años, con tres hijos ya criados y un matrimonio que hacía agua por todas partes, se preguntaba qué sentido tenía acudir al médico a revisar sus genitales. Desde luego, tener otro hijo era algo que estaba absolutamente descartado. Y en cuanto al sexo, era escaso y pobre. Su marido, con el que se casó cuando era joven, inexperta y fácilmente ilusionable, hacía mucho que se contentaba con tener la comida en la mesa a su hora y el partido de fútbol en la televisión. Si, muy de tarde en tarde, le entraban ganas de sexo, era un puro desahogo para él que la dejaba a ella tan poco excitada como al principio pero con la moral mucho más baja que al empezar. Para Paula el único sexo placentero era, desde hacía tiempo, el sexo solitario.

Sólo esa conveniencia de controlar periódicamente el buen estado de las complicadas interioridades de su cuerpo la movía a dirigirse a la consulta. Por eso no es de extrañar que hiciera tiempo que faltaba a la cita con el ginecólogo. La pereza venía pudiendo últimamente más que el sentido del deber. Visto el poco uso que hacía de sus genitales, ningunas ganas tenía de someterlos a la desagradable inspección del médico.

La llegada del autobús a la parada la sacó de sus cavilaciones sobre la futilidad de la visita, saltó del asiento sobre sus zapatos de tacón y descendió del vehículo. El autobús se detuvo junto a un parque. De modo instintivo, más por costumbre que por coquetería, se agachó hasta la altura del retrovisor de un coche estacionado, comprobó el buen estado de su peinado, se pintó levemente los labios y se dirigió a la consulta.

Durante los cincuenta y seis minutos de espera pudo repasar el estado del corazón y otras vísceras de toda la realeza europea, famosos, famosillos y variopintas parejas de todos ellos. Y se preguntó, una vez más, por qué siempre hay que esperar en la consulta del médico, de cualquier médico, a pesar de estar citada a una hora muy concreta. Finalmente, con alivio, llegó su turno.

El ginecólogo era, a estas alturas, un viejo conocido. Había traído al mundo a sus dos hijos y acudía a su consulta con la regularidad exigida por los protocolos. Pero durante su caviloso viaje en autobús y la tediosa espera no había recordado lo escandalosamente guapo que era. Su particular Richard Gere era más atractivo que aquél Doctor T de Robert Altman. Moreno, pero con menos canas, las justas para dar a su cara joven un interesante toque de madurez. Sin la irrealidad de un galán de Hollywood, con esas deliciosas imperfecciones que lo hacían auténtico y humano; y con una irresistible mezcla de sensibilidad, amabilidad, profesionalidad y magnética virilidad.

Esa antigua relación hacía que el ginecólogo siempre le preguntara por sus hijos y su estado en general. Pero esta vez no inquirió por la familia. Cuando ella entró en su despacho, alzó la cabeza de los papeles en los que estaba anotando el seguimiento de la paciente anterior y al verla se levantó sonriente a estrecharle la mano y darle un par de besos. Charlaron un rato sobre cómo le iba la vida. Y él le declaró, muy sonriente, que la encontraba magnífica, muy guapa, que le favorecía mucho su nuevo peinado con mechas rubias.

A continuación, para realizarle la exploración, le pidió que se desnudara completamente. Aunque las órdenes de los médicos se acatan siempre sin discusión por los sumisos pacientes, Paula no pudo por menos que manifestar su extrañeza y él le aclaró que llegada esa edad y, además, dado que hacía tiempo que no la reconocía, era también conveniente hacer un examen completo de mamas. Y allí se encontró, completamente desnuda junto a aquél atractivo varón, explicándole los pormenores de sus sofocos, cuando en realidad toda ella era un sofoco en ese momento.

Cuando por fin terminó se despidieron muy amablemente. Ella no pudo dejar de pensar en que había sido un encuentro muy inusual, tanto por el tono más que agradable del médico como por su insólita desnudez durante el reconocimiento. ¿Sería posible que en las palabras y actitud de este guapísimo y encantador médico hubiera algo más que amabilidad profesional?. Es verdad que su actual peinado, corto y con mechas rubias, la favorecía y destacaba el bonito color miel de sus ojos. Y también lo era que, pese al paso del tiempo, su cuerpo se conservaba francamente bien. Pero, realmente, nada justificaba esos pensamientos. Salió del despacho del médico, se dirigió a la enfermera del mostrador y, mientras acababa de pagar y salía por la puerta, se sacudió esas ridículas ideas de la cabeza. Se dijo que, en el fondo, nada había pasado y que era su imaginación, deseosa de que ocurriera algo en su vida anodina, la que estaba creando fantasías sin pies ni cabeza.

Y como estaba enfrascada en esos pensamientos, salió de la consulta sin girar la cabeza. De haberlo hecho, hubiera visito al ginecólogo de pie en la puerta de su despacho, contemplándola cruzar la sala de espera, pagar y salir por la puerta, con una amplia sonrisa y una mirada con un punto de malicia.




Autumn leaves, Miles Davies & John Coltrane

Gracias a ElSinTierra (http://elsintierra.blogspot.com/), de uno de cuyos posts he copiado descaradamente el título y tomado el enlace a la excelente versión de este clásico. Y gracias a la buena amiga que me contó la historia que ha servido de inspiración para el relato.

8 comentarios:

Ardilla Roja dijo...

A esta situación que para la mujer suele ser vamos a decir delicada, has sabido darle un divertido toque de humor.

Te felicito, cada vez dominas mejor la técnica narrativa. La foto es preciosa, y la música muy sugerente. Te ha salido una bonita licencia otoñal.

Me permito dejarte el link a la versión de 'Autumn leaves' de Eva Cassidy.

http://es.youtube.com/watch?v=K7-haKkFnT8

Un beso

anitta dijo...

hola !!
que bien me alegro que te guste

a mi tambien el tuyo , los tuyos jajaja
oye tus fotos preciosas, la musica es genial tus comentarios
todo!!!

pd que bonita irlanda eh???

un beso

Odiseo dijo...

ARDILLA: Gracias. He intentado meterme en el pellejo femenino, después de oir lo que me habéis contado muchas amigas. Espero haberlo conseguido.

ANITTA: Gracias por visitarme. Sí, Irlanda es preciosa, aunque este último viaje resultó demasiado pasado por agua, frío y niebla.

Besos a las dos.

MImí dijo...

He venido enlazando a una ardilla,¡Qué brincos pega, la jodía! Me alegro de haber cruzado bosques con sus claros y los collados hasta el otoño de tus chopos en la rivera, así de recuerdo me llevo una hoja como la luz de la tarde, amarilla.
En su lugar te dejo prendida una Sonrisa.

Fede dijo...

La foto muy buena, me gusta el dorado del sol sobre las hojas, y el texto una reflexión magnáifica, me alegra haberte conocido.
Un abrazo.

Odiseo dijo...

MIMÍ: Bienvenida a este blog. Es estupendo eso de ir extendiendo conexiones a través de blogs amigos. Tu comentario, además, añade una bonita nota poética a esta página, más frecuentada por fanáticos de la fotografía, que somos más sosos y técnicos. Muchas gracias por tus palabras y tu sonrisa.

FEDE: Gracias por todo. Yo también me alegro de haberte conocido.. y espero que nos volvamos a ver. Un abrazo.

Maria Luisa dijo...

Te he conocido a través del blog de Mª Teresa.
Me gusta la fotografía, creo que los árboles atrapan el sol, en un momento único.
El relato sobre el "Gine", simpatico, , con un punto de ensoñación.
Entraré a visitarte.
Un besico.

Odiseo dijo...

MARIA LUISA: Bienvenida. O sea, que tú eres del mundo de los escritores, que solo de vez en cuando interactúa con el de los que intentan (algunos afortunados lo consiguen) expresar la belleza con imágenes fotográficas. Incluso hay genios que combinan la fotografía con la literatura, y todo bien!!

Me alegra tenerte por aquí. Besazos.